jueves 12 de enero de 2012

Carta papel


Hoy escribí una carta sobre papel, a mano, con lapicera de tinta linda, y me costó bastante. No tanto porque iba dirigida a una persona muy querida ni esas cosas de los sentimientos y las ideas volcadas de la cabeza al papel, sino por el hecho del abrumador peso que siento cada vez que escribo a mano cartas más personales o íntimas. Así que para estos casos prefiero el e-mail mil veces porque borrar y re redactar es facilísimo y no gasto libretas. No amo ni extraño la época de las epístolas en sobre.

Si no fuera porque con justa razón la chica del correo me apuraba en silencio a que la terminara y porque necesitaba llegar al banco después, sé que me iba a pasar lo mismo que con la última carta papel que escribí a puño y letra, a mediados de 2008: la hice 26 veces y sólo decía la palabra "smile" de forma repetida a lo largo de una carilla. En realidad, fueron 27 cartas porque cuando llegué a la versión que creí insuperable (debo de haber estado podrida y ciega) quise tener una igual para mí, de recueeeerdo, pero como había roto las 25 anteriores tuve que hacer otra... Sí, lo juro. Fueron 25 bollos de papel (escritos la mayoría hasta el final) y un cartucho de lapicera de las buenas directo al tacho de basura del estudio. Y mi cabeza, obviamente, al freezer. Creo que Camilo está de testigo, si no sólo Dios sabe lo que me llevó esa A4 que sólo podría haber dicho un gran "smile" y listo, pero no, yo quería (y seguramente seguiría queriendo) darle todo un sentido incluso estético ni que yo fuera Miguel Ángel y ese papel, El David.

Esta obsesión crónica suele ser como un queso camembert: no tiene límites. Necesita de más rigor que el que le aplico, incluso de un tutor malo que la encierre fuera de mí para que yo tenga un poco más de paz, porque al final de cuentas la obsesión que más me molesta sentir es la que se va en estas cosas que no requieren de mucho más ojo, están bien de entrada, o casi bien, no son cuestiones de trabajo ni de clientes en las que ahí sí dejo los ojos sobre la mesa y me voy a dormir, y así y todo los errores pueden suceder, claro. Por ser obsesiva no estoy exenta y eso en un tiempo me generaba contradicciones. Una noche, hace años, me quedé sola en la oficina del primer diario en el que trabajé revisando un texto que ya tenía el visto bueno del editor general y que estaba bien. Al irme a mi casa a las mil quinientas, entendí que no tiene nada que ver una cosa con la otra: la obsesión es una deformación, mientras que la capacidad, el talento o la creatividad son dones divinos que te tocaron o no, o que pueden ejercitarse, pero el humano es limitado, y unos más que otros por más obsesivos o relajados que sean. Algo así como poco de cielo y mucho de infierno durmiendo en una cama single en pleno verano sin aire acondicionado bajo un techo de chapa, o mucho de cielo y mínima dosis de infierno (que podría ser hasta un sol) descansando en una playa de Cabo Santa María. En el medio, una millonada de variantes.  

Entonces, esto de las cartas más personales escritas a mano con lápiz o lapicera me hizo pensar que necesito un buen parate para cuando, por ejemplo, escribo cartas personales a mano con lápiz o lapicera, miro varias veces la fecha de vencimiento de la comida en el supermercado, lavo tomates y duraznos, condimento una comida que es para otro, cuento las baldosas al caminar y si piso la línea siento que perdí, cuento los billetes que llevo en la cartera (encima nunca sé cuánto tengo), alineo un cuadro, me olvidé de cortar todas las etiquetas internas, y a veces hasta externas, de la ropa que llevo puesta...

Lejos de parecerme una virtud esto de la obsesión, por lo general me da bronca porque me quita tiempo y energía: los dos recursos más valiosos de los que dispongo a mi antojo. Porque con la obsesión este antojo se vuelve infinito y las más de las veces termina por empacharme de falta de sueño y comida en horarios prudenciales, por ejemplo.

La carta papel de hoy, contaba, costó pero no me llevó tanto. La hice tres veces nada más, aunque era de dos páginas y decía un poco más que "smile" (si bien la idea no varió de una carta a la otra y las tres que hice decían lo mismo, casi casi con las mismas palabras), así que me siento un poco mejor que en 2008. En lugar de hacer una cuarta, le saqué foto a la que mandé, jojo. De verdad que aquella vez de las 27 me preocupé mucho al meditar por la noche la idiotez que había hecho en la mañana. Tal vez Camilo se acuerda, y mirá si fueron más cartas las que hice...

2 comentarios:

Blogger Mili ha dicho...

Amiga! qué lindo leerte! cada vez que leo algo tuyo me remito a las clases de redacción periodística de la facu. Se nota que estás más que entrenada y como vos misma lo decís en tu post (palabras más, palabras menos) se puede tener o no la habilidad pero todo se supera con entrenamiento.
Volviendo al tema de las cartas en papel, creo que hace más de 5 años que no escribo una. Todavía tengo mis hojitas y sobres de la sirenita (las que eran perfumadas)que traje de EEUU. Supongo que alguna saldrá de paseo en algún momento, espero no muy lejano.
Beso! Mili FS

13 de enero de 2012 15:47  
Blogger Martina Delacroix ha dicho...

Miliqui! Qué sorpresa tan linda! Y es así el tema del entrenamiento, hay que darle y darle. Justamente hace unos días estuve mirando las hojitas que guardo en mi casa de Tucumán (las perfumadas, jaja) y pensé en que sólo las cambiábamos, iban y venían... Beso enorme.

13 de enero de 2012 23:31  

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