domingo 13 de noviembre de 2011

Августин



Volvía arrastrando una valija que debía de pesar unos cuarenta kilos. De esas negras grandes, las más grandes, que a mí me llegan a la cintura y mido 1,70. Entonces yo volvía al hotel después del cierre de una exposición en Moscú y, como el hotel queda muy cerca de donde se hace esta exposición preferí no tomar taxi y caminar, necesitaba aire aunque implicaba ir tirando del maletón. Me agoté a los pocos metros de empezar a caminar. Estaba sola, mis clientes se habían ido antes y las personas en Moscú, mucho más los hombres, son muy poco amables como para ofrecerte algo de ayuda aunque vean que no das más. Así que las tres cuadras asfaltadas en línea recta hacia el hotel se transformaron en kilómetros de arena, lomadas, ventoleras, monstruos y huracanes.

Llegué al hotel sin energías, maldiciendo la idea de no haber tomado un taxi, maldiciendo el no haber dejado abandonada la valijota y cuidar más de mi espalda y brazos, maldiciendo que llevaba unas botas nuevas y a una la había rayado un poquito con una rueda de la valija, maldiciendo cada una de las hojitas que se caían de los árboles en miras al otoño y que me rozaban la cara antes de llegar al suelo, maldiciendo que las cuadras en Moscú son tan largas y solitarias, maldiciendo el tiempo que estaba perdiendo. Maldiciendo varias estupideces de mujer cansada que quiere ser de nuevo una chiquita, que tiene hambre y sueño, pero, por sobre todo, que extraña la ayuda de gente cercana especialmente, aunque crea que lo puede todo.

Llegué al hotel, pedí un pulmotor, y también ayuda a uno de los botones para que me llevara la tonelada maldita a mi habitación. Pero, hombre ruso al fin, el botón se bufó disimuladamente y llamó a otro botón, que yo no veía, para que se hiciera cargo del muerto. Entonces apareció un hombre muy negro que me sonrió y sin siquiera preguntarme nada se hizo cargo de la situación con una dignidad, fuerza y actitud que pisotearon como debía ser a todo lo que yo había venido maldiciendo. Y me cambió el humor.

Este hotel es tan grande que teníamos un trecho considerable hasta llegar a mi cuarto, construido hacía muy poco en una nueva torre por eso no había ascensor que nos acercara desde la recepción. Así que caminamos juntos, primero en silencio. Hasta que le pregunté de dónde era. Me dijo que de Kenya. Y él me preguntó mi edad. Y yo le dije que 30. Yo le pregunté la suya. Y él me dijo 28. Con todo el respeto, y pidiéndome disculpas de antemano, me dijo que siempre imaginó que a los 28 se casaría con una mujer de 30. Y ambos nos reímos. Le pregunté por qué estaba en Moscú. Me dijo que estaba terminando su carrera de medicina. Le pregunté la especialidad. Me dijo que ginecología. Cuando subimos a un ascensor, le pregunté si extrañaba su país. Y me dijo que muchísimo, que contaba los días que le faltaban para volver (un año), que Moscú es muy difícil por la falta de calidez de la gente y porque es caro, pero que necesita su título universitario así que le viene muy bien el trabajo en el hotel, que quiere volver rápido para ejercer la medicina allá porque su país necesita muchos médicos, especialmente ginecólogos porque son muchas las mujeres y los niños que mueren en el parto. También me dijo que allá, en Kenya, lo esperan su papá y su hermano. ¿Y tu mamá?, le pregunté. Con la mirada muy fija en la puerta metálica del ascensor me contó que ella había muerto cuando él era muy bebé. "La asesinaron, nunca llegué a conocerla, pero todos los días pienso en ella y trato de imaginar cómo sería". ¿Quién la mató?, le dije yo. "No lo sabemos, nunca pudimos averiguarlo, pero creemos que fue otra mujer enamorada de mi padre. A mi madre le cortaron la cabeza". Me dijo, ahora con la voz un poco más ronca y la cabeza hacia arriba, como si esta fuera la forma para que las lágrimas no se salieran de sus ojos. "Moscú es difícil, pero en Kenya pasan cosas terribles y sin explicación", me dijo justo cuando el ascensor llegaba a mi piso.

Caminamos en silencio hasta la puerta de mi habitación, él tirando de los mil kilos con toda la compostura y yo temblando por sus confesiones. En ese momento caí en la cuenta de que no tenía la llave para entrar. Y le pedí mil disculpas por todo el trajín al vicio que lo había hecho hacer, que no importaba y que dejara la valija ahí mientras yo iba a la recepción (en la otra punta del mundo) a buscar una nueva llave, que lo liberaba de tener que seguir cargando, que ya me hacía cargo yo. "Señorita, usted está muy cansada y este no es un problema. Puedo ir yo a buscar una llave o esperarla aquí para no dejar su valija sola. Esto no es un problema". Cuánta razón y yo hacía instantes pensando en la rayita de la bota... Me di la vuelta y corrí a buscar una llave. Cuando volví él estaba ahí junto a mi valija. Ángel de mi guarda en este país que tiene un cielo enorme, pero al parecer despoblado.

Me pidió permiso para entrar al cuarto y dejar la pesadilla sobre un catre. Yo le pedí que me esperara unos segundos, busqué propina en mi cartera y ya no aguantaba las lágrimas. Cuando se la entregué no quiso recibirla, me dijo que era su trabajo, yo insistí. Y justo miré en el bolsillo de su saco azul y vi su nombre en ruso: Августин. ¿Perdón, cómo te llamás? "Agustín", me dijo. Le agradecí enormemente toda su ayuda y le dije que rezaría para que pronto volviera a casa. Nos estrechamos las manos y se fue.

Yo me senté sobre mi cama y lloré. Lloré sin interrupción cerca de una hora. Era lo mejor que podía hacer.


Nota: Agustín no es un nombre común en África, menos en Moscú. Así se llama mi hermano Ayo. También mi papá.


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5 comentarios:

Blogger Verónica Ruscio ha dicho...

Qué fuerza hay que tener para cargar con esa valija de vida, ¿no?

Rezo poco, casi siempre por otras personas, nunca por mí. Voy a rezar por él para que vuelva pronto a su país.

Un beso.

13 de noviembre de 2011 14:32  
Blogger Martina Delacroix ha dicho...

Hola, Verónica. Yo rezo mucho. Voy a rezar por vos :)

Te mando un beso.

Martina.

13 de noviembre de 2011 16:38  
Blogger Verónica Ruscio ha dicho...

Gracias, Martina. Es un gesto enorme de tu parte.

Muchos besos para vos.

15 de noviembre de 2011 14:09  
Anonymous Maximo Olmos ha dicho...

Lo que me gusta es la capacidad para reconocer ese fragmento de la realidad que es literario, que es también dramático. Fue una escena tremendamente verosímil y tremendamente contrastante con la vida anímica del narrador. "Nuestro pequeño y desordenado ánimo", como lo llama mi poeta preferido José Watanabe. La valentía para hacer público estas vicisitudes que conbinan un espíritu de niña y de adulta, me sorprende. CReo que eso no me animo, y es lo que te convierte en escritora. Tener una mirada de las cosas que pasan. Muy bueno el relato. Te felicito.

4 de enero de 2012 12:04  
Blogger Martina Delacroix ha dicho...

Hola, Máximo, qué gusto tenerte por aquí. Muchas, muchas gracias por tu comentario, lo valoro enormemente. Y me anima. Estamos en contacto y en cuanto me sienta con el valor necesario te mando lo que quedamos. Un beso, Martina.

8 de enero de 2012 12:51  

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