domingo 15 de noviembre de 2009
sábado 14 de noviembre de 2009
martes 10 de noviembre de 2009
Esta debe ser una de las palabras más chic del vocabulario de las señoras paquetas. Una camisa de buen corte o una casa modernosa estilo inglés pueden ser brutales, es decir, magníficas.
Lo curioso es que para el diccionario brutal remite a la violencia animal, al mal carácter descomunal.
Me intriga muchísimo, pero aún no he podido desentrañar cómo es que brutal llega a convertirse en homónimo, a desvirtuarse tanto su definición original. ¿Alguien sabe?
viernes 6 de noviembre de 2009
Conversaba con Federico hace unos días sobre esto de tener o no tener filtro. Analizamos al filtro no sólo como algo útil e interesante de existir para frenar eso que no hay que decir por a, b, c o d , sino también para controlar el modo en que se dicen las cosas. Porque en la forma suele estar la mayoría de las veces esa espina que más infecta, como también en el tono y en los gestos. Entonces, este filtro que imaginamos aquella noche ayudaría también a decir todo lo que queremos, pero de la mejor forma, y entiéndase mejor como la más efectiva para que aquello que se dice tenga el efecto deseado. ¿Muy calculado? Puede ser, pero no importa.
La cosa es que el filtro (y me encanta la segunda definición que de él da el diccionario) es en el contexto de este post la capacidad de pensar un poco antes de soltar lo que viene desde adentro con toda la furia, impurezas y demás detalles políticamente incorrectos en función del tiempo, espacio e interlocutores. Me viene a la mente una amiga que no repara en detalles cuando cuenta, por ejemplo, sobre su primera vez enfrente de mi sobrina de siete años y hasta la mira con toda la expresión como si la chica tuviera 30 y pretendiera que le dijera qué opina. Mi hermana Pali dice que esta chica tiene que comprarse un filtro y yo me imagino una suerte de bozal de Hannibal Lecter antidepredador de carne humana que le cubra hasta la cara, por favor.
Pero lo que sí pienso seriamente sobre el filtro es que nombrarlo está de moda, como en una época lo estuvo más, a mí parecer, el tirabuzón: la típica de "hay que sacarle las palabras con tirabuzón". Lo loco es que son antónimos, herramientas para aplicar durante una conversación ya sea porque sobra o porque falta. Claro que al filtro lo lleva uno incorporado para sí mismo y al otro hay que llevarlo para aplicar en otro. En fin...
Volviendo sólo al filtro, pienso que quizás ahora se habla más y entonces surgen ganas de silencio, de callar o de no escuchar lo no armónico. ¿O será que hay una necesidad mayor de no guardarse nada? ¿Vos qué opinás?
martes 3 de noviembre de 2009
Tocate fuga. Así dicen los italianos cuando las cosas se hacen con superficialidad, medio sancochadas: ni muy crudas ni muy cocidas o muy crudas y mus cocidas pero a la vez, como cuando la carne no se dora y por fuera queda gris, hervida, y por dentro una sangría. Incomible.
Tocate fuga me suena a algo así como "el que mucho abarca poco aprieta". Toco en todas partes, pero al final toco poco o no de la forma esencial. Un desgaste mediocre del que dan ganas de fugarse rápido.
jueves 29 de octubre de 2009
Y sigo embriagándome con mi lengua. (En este post, que trata como otros sobre los homónimos, quizás debería aclarar que con lengua me refiero al castellano, aunque dejaré la primera frase tal cual está porque con mi otra lengua -la de la boca- también me emborracho, últimamente seguido, pero quizás no en el sentido tan literal de la palabra. Y aquí se va un homónimo más...).
Sí, un homónimo más de los que bauticé como homónimos hípersensibles. Me refiero a palabras gemelas fisonómicamente pero que, a diferencia de "gato" (hidraúlico, el animal o una prostituta) por ejemplo, tienen significados, incluso todos ellos, que remiten a sentimientos, subjetividades, sensaciones, cualidades o ciertas acciones, como pasa con la palabra "soñado".
Gramaticalmente, "soñado" no existe, no es válido. El diccionario no lo registra, y cuánto se pierde. Es un engendro genial del deseo y también de las señoras paquetas que usan palabras como espléndido. Porque "soñado" nace de transformar al verbo soñar en un adjetivo o en un participio, según el sentido que uno quiera darle. Así, podemos decir que la noche fue soñada (maravillosa) o que nos está pasando algo soñado (anhelado).
Soñado. He aquí un homónimo hípersensible más de mi lista. Que continuará, claro.
lunes 26 de octubre de 2009
"La belleza no admite perfección: las manzanas más rojas provocan desconfianza".
La cita es del periodista y escritor mexicano Juan Villoro y es la que abre un texto publicado en el último número de la revista Ñ, a propósito de los dientes desviados. Para leer la nota completa, hacé clic aquí.
viernes 23 de octubre de 2009
La lengua castellana me emociona con sus genialidades. Es muy probable que estas curiosidades -curiosidades por lo menos para mí- también se repliquen en otros idiomas, pero como no sólo entiendo más al mío por una cuestión lógica, sino que también lo percibo de una forma muy visceral y musical, me conmueve el doble.
Sujeto a cambio es una frase excitante. A priori puede sonar contradictoria, como agua seca, pero más que nada es contrastante, y aquí está para mí el hallazgo. Cambio es móvil, una palabra que por antonomasia implica mutación, vuelo. Y estar sujeto es, para el oído especialmente, algo así como lo inverso, si bien en realidad significa que está expuesto o tiende a algo, como a cambiar. No obstante, el verbo sujetar inmoviliza, y aquí es en donde mi oído se confunde porque el adjetivo sujeto no proviene de este verbo ni viceversa, pero al oído podría ser porque parecen de la misma familia.
También es posible que algo siempre pueda cambiar, que su estado (palabra que también llama a la quietud, al ser profundo de una cosa) sea la libertad de movimiento constante. De ahí que cuando me dicen que mi pasaje a Tucumán o a Buenos Aires está sujeto a cambio, una súbita tentación por erradicar defintivamente la nostalgia producto del desarraigo me lleva a preguntar en el mostrador de la estación, una y otra vez, cuántas veces es posible el cambio.
miércoles 21 de octubre de 2009
Hace unos días me encontré con este mensaje en el ascensor del edificio del estudio en donde trabajo. Me mató -incluso de la ternura- que el mensaje dijera "este ascensor tiene 100 años", y encima resaltado con negrita.
No hay dudas de que el ascensor es añejo: estructura de red metálica, farolito en el techo y un asiento de madera para descansar hasta que uno llega a donde va. Pero el mensaje, el decir "100 años", me sonó a esos chiquitos que para referirse a algo viejísimo -o no tan viejísimo- dan este número o el 1.000.
La cosa es que me quedé con la duda sobre la edad real del ascensor y, de paso, del edificio en cuestión, especialmente de la gigantesca puerta de hierro que para abrirla hay que hacer pesas. Y pensé que para quitarme la duda nada mejor que visitar a nuestro vecino del estudio, el señor Clorindo Testa, cuyo despacho -y atelier- quedan en el piso de arriba.
Así que ayer conversé con él y fue un placer. Además de su vastísimo saber, es un caballero. Me contó con toda la paciencia y concentración en mi consulta que el edificio es de 1915, así que muy probablemente el ascensor tiene unos 100 años, ya sea por haber sido hecho antes, o no, pero que sí, que por ahí anda. También hablamos de la puerta que saca hernias y me dijo que es la original. Me contó anécdotas del edificio, en donde él está desde el año 70 y en el que yo escucho voces misteriosas. "¿Será el alma de alguien que vivió ahí?", me preguntó intrigado y al instante me dijo no recordar quién había sido el anterior inquilino de mi oficina.
No pude contenerme de hacerle una última pregunta, nada que ver con el ascensor ni el edificio ni las almas en pena, pero sí de un detalle que en él, por su profesión, por estar aún con mucha actividad y por lo descontracturado y hippie que es el contexto de su estudio y de sus arquitectos, me llama siempre la atención cuando me lo cruzo en el ascensor: "¿Siempre viste de traje, incluso cuando dibuja?". "Siempre, querida. Es con lo que más cómodo me siento".
Me despidió dándome fuerte su mano, que apareció firme desde la manga de su impecable saco gris. Eso sí, la mano manchada con tinta azul.
sábado 17 de octubre de 2009
viernes 16 de octubre de 2009
Así decía una ex tía (ex novia de mi tío) cuando alguien le respondía "obvio". Ella es psicóloga y tenía sus argumentos bien definidos para rebatir la escueta respuesta, o por lo menos para alimentar su propia convicción y para trancar al otro responidéndole, más a secas aún, que lo obvio no es obvio. Nunca explicaba por qué, ¿obvio?, 0 yo nunca logré entenderle, ¿no obvio?
Así me pasé años pensando en esta frase, incluso hoy cuando la escucho me vuelve a la mente este juego de palabras al que le siguen puntos suspensivos porque no logro ser tan tajante en asegurar que lo obvio no es obvio. Me cuesta. "Obvio" antes de mi ex tía me remitía a la hermana de Karen de Montaña Rusa. "Obvio, Karen", decimos todavía con mis hermanos cuando lo obvio sí es obvio. ¿O no obvio?
Hace unos días caminaba por la calle y de frente venía hacia mí una pareja de novios abrazada: él quemándole la cabeza a ella con algún problema y ella con la vista fija en mi tapado. Eran adolescentes y sus manos se entrelazaban sobre el hombro derecho de ella. Era obvio (quizás no obvio) que ella lo escuchaba con total atención, aunque no lo mirase, y que él (obvio sí obvio) confiaba en que ella lo ayudaría a resolver el problema.
Como sincronizados -ellos y yo- por las ansias de mis oídos, al pasar a mi lado, cantero de por medio lo cual demoró los pasos de ambos, ella le respondió con total franqueza lo que fue un veredicto obvio sí obvio a secas:
- Mirá, tenés dos opciones: o una o la otra.
Ese día que me crucé con ellos pensé que lo obvio puede perfectamente ser obvio. Y que a veces, obviamente, no hacen falta más explicaciones.
martes 13 de octubre de 2009
chancleta: (sust.) Forma cariñosa de llamar a una adolescente o joven cercana.
(Para Lucy P., en honor a María Leal y a las noches de Grande Pá.)
lunes 12 de octubre de 2009
En cuatro días comí tres asados, pero de los buenos, con todo, nada de hamburguesas: costillas, chorizo (criollos), matambre, chancho, ensalada de papa y huevo... Uno fue en Buenos Aires y dos en Tucumán. Pero además de la carne, para mí los buenos asados están definidos por la charla con gente amiga, o no tan amiga, aunque agradable. Esto los hace todavía más ricos. Se habla, se le habla al asador, se cuentan chistes, chismes, se canta. Son entrañables.
Cuando vengo a Tucumán siempre sale un buen asado, incluso planificado, cosa que aquí no es común porque todo queda tan cerca que no hace falta la premeditación. Las carnicerías abren hasta tarde y los amigos siempre están dispuestos a hacer y cooperar para que salga un buen asado.
Hace poco alguien me comentó que comer carne impide la telepatía entre las personas, que por eso los vegetarianos tienden a lograr una mejor comunicación y sensibilidad para la conexión con otras mentes. Algo así. Me quedé pensando en esto y me resultó bastante alejado de lo que para mí implica comer carne, que en su mayor expresión es cuando como buenos asados. ¡Y lo que sobra es comunicación! No sé si telepática, pero que se charla y se brinda mil veces, no hay dudas.
El diccionario también se manda su parte: lo primero que dice de asado es que sirve como adjetivo para llamar al que tiene mala onda, al que se enoja. También al que se avergüenza. Recién en el cuarto puesto de definiciones habla de carne asada. Pero también se queda corto: se olvida de mencionar la charla, la charla.
sábado 10 de octubre de 2009
viernes 9 de octubre de 2009

La obra es de Guillermo Iuso y de él me divierte que siempre mecha alguna frase en lo que hace, al punto de que uno ya no sabe qué fue primero, si la obra o la frase, es decir, qué hizo en función de qué. Seguramente para él esto no tenga demasiada importancia, todo es posible en el universo creativo del artista en general, especialmente la no lógica. Pero igual me intriga ese proceso.
Las frases y leyendas son suyas. Varias me descolocan y me remiten a lo que un profesor de la facultad llamaba "casamiento de palabras", que se da cuando se junta a palabras que a priori no tienen mucho que ver, pero que unidas logran un efecto sublime. De esto me gustaría comentar en un próximo post.
Pasen y miren. Iuso tiene otros trabajos interesantes, como Épocas, Las mujeres de mi vida y Mis deudas.
jueves 8 de octubre de 2009
Si pasa, pasa. Así apodó mi hermano Ayo a la actitud de nuestra madre cuando ella intenta, por ejemplo, darle de almuerzo un plato de arroz de hace tres días. La actitud de ella va acompañada de una cara de póker inocente, al margen de que mi mamá es muy buena y capaz de ponerse a hacer arroz nuevo o cualquier otra cosa sea la hora que sea con tal de que nos guste.
S.P.P. Las milanesas pueden estar buenísimas, todo impecable, pero si sobró arroz y nadie lo comió... S.P.P.
lunes 5 de octubre de 2009
Los hombres son sintéticos y las mujeres, simbólicas.
(Este post es para -y de- Julay.)
sábado 3 de octubre de 2009
viernes 2 de octubre de 2009
Vale me leía esta mañana una nota de una revista de esas femeninas que, para mí, se empeña en buscarle el lado positivo a todo, incluso al tema del cómic que aparece al final. Esta publicación llega a ser catastróficamente positiva, porque si algo tiene ¿de positivo? es que no se queda sólo en la moda o lo gourmet, intenta llegar a las profundidades del ser.
La nota era una columna que analizaba (la veta positiva) de la frase "es lo que hay". El autor decía que suele ser interpretada como una manera conformista frente aquello tan terrible que nos arrima la vida. En cambio, proponía empezar a ver eso espantoso como lo que ya se imaginan: la gran oportunidad de nuestras vidas para el gran cambio (positivo) de nuestras vidas en el mejor momento de nuestras vidas que al momento de ser vivido parece el peor momento de nuestras vidas pero en realidad... Y así hasta agotar varios caminos para llegar a aceptar con buena cara lo que no queremos ni volveríamos a elegir aunque implicase morir después. La columna también hablaba de las expectativas y de cómo estas confabulan en nuestra contra si las cosas no salen bien (como queremos), pero esto ya no es tema del post.
Celebro el optimismo, no obstante confieso que me cuesta mucho sonreír cuando abro la heladera muerta de hambre y sólo hay un tomate de hace dos semanas; cuando sólo quedan talles 34 o 42 de los zapatos que están en liquidación; cuando espero para ver una película añorada y sólo hay lugar en la fila dos; cuando estoy leyendo un libro buenísimo y salta de la página 200 a la 240 porque de viejo las perdió; cuando en Bakano sólo quedan disponibles mesas con silletas altísimas y de tanto colgar se me agotan las piernas; cuando me enamoro y, sencillamente, es lo que hay...
No son catástrofes, claro, pero si frente a estas situaciones la frase ya me cae exigente, pido un poco de compasión al autor de la columna si se me inunda la casa o me desvalijan mañana.
miércoles 30 de septiembre de 2009
Palabrápolis cumple hoy un año. El mayor -o menor- recuerdo que tengo del primer post fue que no hacía tanto frío como el de ahora. Después, que sentarme y decidirme a armar el esqueleto de todo esto fue como un estornudo contenido hacía tiempo: llevaba meses escribiendo una libreta con lo que imaginaba podrían ser posts, nombres y muchas ideas que incluso aún no he escrito, pero que siguen esperando la oportunidad. Si algo reconfirmé al hacer esto es que mi caro amigo-teacher Bastenier tiene razón: la realidad se empeña en cagarte las buenas ideas. Y se me hizo hábito tonto y loco lo que tantas veces analizamos con Diego, Lore y Juanjo: a partir del blog, la vida empieza a ser vista en posts. De hecho, estuve tentada de subir ya mismo una foto que acabo de sacar a una publicidad de la calle, pero después fui conciente de que podrían llegar las 12 sin haber soplado las velitas y debería esperar un año más para cumplir con la efeméride. Hacer un blog acentúa la neurosis.
En aquella libreta, una Moleskine destartalada que conservo, claro, también escribí lo que llegaba a rescatar de las eternas entrevistas que entre comidas y llamadas les hacía a mis colegas bloggers para que me orientaran en esto que tanto quería hacer, pero que desde la técnica poco entendía. Aún me olvido de poner más links y de usar herramientas que viralizarían, je, a estos posts. Finalmente, una discusión por el enamoramiento que en septiembre del año pasado me partió la cabeza con la palabra perturbar me dio el empujón final para empezar a desvelarme aún más cada noche escribiendo Palabrápolis. Y me hace muy feliz, aunque dicen que avejenta robar tiempo al sueño.
Ahora tengo una libreta nueva. Y por suerte es más esporádico el pánico cuando la pantalla en blanco y la realidad no me dan bola. Siguen obsesionándome el diccionario y la Academia, pero tengo la sensación de que el oído fue adaptándose para llegar mejor a las conversaciones anónimas de quienes pasan a mi lado o gritan desde el edificio de enfrente.
Según el diccionario, cumpleaños es sólo aplicabale a personas, pero como yo les agradezco a todos, conocidos y desconocidos, por ser la fuente que alimenta mi disfrute, me pareció justo ponerlo en el título de este post.
¿Seguimos? Por mí, hasta que se borren las letras de todos los teclados.

